Comando militar apoyado sobre postes blancos

Combate Río Pueblo Viejo

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10 Combate Río Pueblo Viejo - Operacion Independencia

Combate Río Pueblo Viejo, Provincia de Tucumán, 14 de febrero de 1975 – Operación Independencia.

En la localidad de “Los Sosa” se ubicó la Fuerza de Tarea “Chañi” que contaba con dos Equipos de Combate (unos 60 hombres cada uno) formados con efectivos del Grupo de Artillería de Montaña 5 (GAM 5) y del Regimiento de Infantería de Montaña 20 (RIM 20) respectivamente, ambas unidades provenientes de Jujuy.

El día 14 de febrero a las 0600 hs, el Equipo de Combate a órdenes del entonces Capitán Jones Tamayo, inició una marcha en camiones por la ruta 38 hasta el sur del Río Pueblo Viejo y luego hacia el oeste hasta donde el terreno lo permitió. La marcha prosiguió a pié por una senda en el monte donde los hombres avanzaron encolumnados. Formaban el Equipo dos secciones de unos 30 hombres cada una al mando del Subteniente Arias y del Subteniente Martínez Segón respectivamente. Agregados íbamos el Teniente 1ro Cáceres y yo, el Tte Richter que éramos infantes y fuimos enviados desde Buenos Aires para completar los cuadros de la Brigada teniendo en cuenta nuestra experiencia en monte en el curso de “comandos”. También iba el Mayor Bidone, segundo jefe de la Fuerza de Tarea, para interiorizarse del lugar probable donde se instalaría la nueva Base.

Pasado el mediodía se llegó a las compuertas del Río Pueblo Viejo. El nombre del río hace alusión a las cercanas ruinas de Ibatín, el lugar de la primera fundación de la ciudad de Tucumán.

En las compuertas, Jones nos hizo saber que el camino de regreso sería distinto para evitar una posible emboscada en caso de que el enemigo nos hubiera visto pasar.

Regresamos en dirección oeste este por una senda que bordeaba el río, alejándose del mismo de a ratos, en una zona de monte.

Yo iba como jefe de la punta de infantería, la fracción más adelantada. No era el puesto para un Teniente sino para un Cabo o Cabo 1º pero formaba parte de la decisión que a la mañana se tomó respecto a la ubicación de los cuadros en el orden de marcha porque el ERP había sacado la propaganda de que “LOS OFICIALES MANDÁBAMOS A LOS CONSCRIPTOS COMO CARNE DE CAÑÓN”. Para desmentir eso, SE ADELANTÓ LA POSICIÓN DE MARCHA DE LOS OFICIALES. CÁCERES repetía: Los oficiales y suboficiales debemos entrar al monte a la cabeza de nuestras respectivas fracciones”.

Mandé como hombre punta al Cabo 1º Orellana, un catamarqueño al que conocía de la Brigada de paracaidistas en Córdoba tres años antes.

La senda seguía serpenteando; el río se veía crecido por las tormentas del verano. El calor de febrero, y más aún la prudencia, exigían una marcha lenta.

Tuve unos momentos de aprensión al entrar a uno de esos pequeños lugares con que el monte sorprende. A la derecha de la senda encontré como un arco natural hecho de vegetación que entraba a un pequeño espacio, una especie de habitación formada por una cortina de árboles y maleza que cubrían también el “techo”. Había menos luz y el suelo estaba muy húmedo. Puse la rodilla en el suelo, apresté más aún el fusil y empecé a recorrer lentamente con la vista el lugar esperando no tener ninguna sorpresa. No la hubo y proseguimos la marcha hacia el este, hacia la ruta 38.

Cinco de la tarde, había llovido, estaba nublado, hacía calor, estaba húmedo, pegajoso. Fuimos por camino de marcha hasta las compuertas del río pueblo Viejo, por camino de senda. Había árboles altos, el río crecido. Íbamos marchando, en un momento la senda se bifurca, y yo quedo encabezando mi columna y otra la encabeza el Cabo 1º Orellana. Diez metros más atrás venía el resto de los hombres.

Orellana tomó la derecha y yo la izquierda, más cerca del río. Marchaba con el fusil tomado con las dos manos, como tantas veces se insiste, cuando de repente, a unos 20 metros, vi parado sobre la senda a un guerrillero.Fue un shock de adrenalina de repente verlo: la cara, el cuerpo entero, con el arma en la mano. Creo que él sintió lo mismo, porque en el rostro del tipo también la sorpresa se veía.

Abrí el fuego y él escapó por unos matorrales. Avancé tirando sobre los mismos a la altura de la cintura y más abajo, buscándolo. Sobrepasé a alguien que me disparó con una escopeta. Sentí un fuerte golpe y un dolor en la espalda y caí. El fusil cayó de mis manos. Hubo una pausa, un silencio, e inmediatamente empezaron los disparos de uno y otro lado.

Orellana también había caído en la otra senda. Un disparo de FAL le hizo un surco en la espalda, pero sin penetrarlo. Un guerrillero se levantó para rematarlo, pero se le trabó el arma y volvió a su posición. Cuando volvió a asomarse Orellana disparó.

Desde el suelo grité “¡Cáceres, estoy herido!”. Pensé que me rescatarían cuando el ataque progresara, pero Cáceres se lanzó solo y se tira cuerpo a tierra al lado mío, en un pequeño claro en el monte. A pesar del egoísmo de cualquier herido que desea una pronta atención, me pareció que estaba arriesgando demasiado. Por eso le pregunté sorprendido: “¡¿qué está haciendo?!”, y él me contestó: “¡quedate tranquilo que ya te saco!”. En ese momento la atención se centra sobre él, y nos abrieron fuego nuevamente, Cáceres emite un pequeño gemido y quedó inmóvil. Después supe que la bala penetró por el hombro, se desvió en el omóplato y siguió directo al corazón.

Muere en el acto al lado mío, pegado. NO DIJO NADA AL MORIR; NO NECESITABA DECIR NADA, SU ACCIÓN LO HABÍA DICHO TODO.

No podía moverme y no sentía las piernas. Vi un guerrillero adelante que me observó, pero no me tiró seguramente para no delatar su posición teniendo en cuenta que en ese momento no era un peligro para él. Estaba más atento a lo que ocurría detrás de mí.

El Subteniente Arias estaba desplegando como podía, en la espesura, su sección y comenzaba a avanzar. Martínez Segón y sus hombres se tiroteaban a través del rió con una fracción guerrillera más numerosa.

Pensé ¿y si quiere rematarme? No podía tomar el fusil sin que se diera cuenta. Lentamente saqué la granada y luego de activarla se la arrojé. Explotó muy cerca de él, pero ya estaba muerto. Varios disparos de FAL le llegaron antes, eso creo. Vi como la sección de Arias me sobrepasaba abriendo fuego desde la cadera. Fugazmente pensé: ¡los soldados andan bien! Pero volví inmediatamente a mi realidad. Estaba inmovilizado, me dolía mucho la espalda y me salía sangre de la boca. No sé cuánto tiempo pasó; los disparos proseguían sin interrupción. Fui llevado a un puesto de reunión de heridos. Allí vi a Arias. Estaba parado inmóvil y le salía sangre del cuello. Un disparo de escopeta Itaka lo alcanzó, pero tuvo la suerte que ningún perdigón penetrara demasiado. Todavía alcanzó a hacer unos disparos sobre un guerrillero. También estaba Orellana, sentado y algo encorvado. Se veía el dolor en su rostro.

El Capitán Jones estaba a nuestro lado tratando de comunicarse con dos helicópteros que se aproximaban. Si no me sacan en helicóptero no llego, le dije.

En la radio de Jones, que un disparo de la guerrilla le había cortado la antena y que recibía, pero no transmitía, se escuchó nítida la voz de un helicopterista que dijo: “¡Si no hay identificación voy a disparar sobre los que están al sur del río!”. Los que estábamos al sur éramos nosotros. La masa del contingente guerrillero estaba al norte, salvo la fracción adelantada que había cruzado y luego de enfrentarse con muestra punta estaba en retirada con bajas.

Jones no pudo comunicarse y el piloto, Capitán Grandinetti, nos disparó dos cohetes. El segundo explotó cerca en el mismo instante en que Jones lograba comunicarse. Sentí nuevamente los disparos del helicóptero, pero esta vez sobre el lado norte del río.

Jones se veía relativamente calmo dando órdenes a pesar de la presión que se ejercía sobre él. Grandinetti le había tirado dos cohetes; de sus dos Secciones, que seguían combatiendo, llegaban informes y además los heridos lo mirábamos casi permanentemente esperando alguna señal sobre nuestra evacuación.

Solucionada la comunicación con las aeronaves y en retirada el enemigo, se organizó el rescate de los heridos. Previamente el Mayor Bidone y el Subteniente Martínez Segón con un grupo de soldados, lograron cruzar el río, pero luego de que la correntada los arrastrara muchos metros.

El único lugar donde podía bajar un helicóptero era en el río que, aunque crecido, mostraba un pequeño islote de piedras. Los guerrilleros que estaban en la margen norte se habían retirado, pero no existía la certeza de que el área estuviera totalmente despejada. Un solo guerrillero que hubiera quedado en la otra orilla podría haber dado cuenta de la máquina. Pero Grandinetti bajó lo mismo y nos rescató. El helicóptero decoló rumbo al HM de Tucumán, pudiendo salvarse los tres heridos, caso contrario se hubieran desangrado en el monte.

En ese momento no lo supimos, pero nos habíamos enfrentado a la totalidad de la “Compañía de Monte” que se estaba yendo de la zona para que el Ejército cayera en el vacío. Marchando ellos de norte a sur y nosotros de oeste a este, las posibilidades de que nos encontráramos al mismo tiempo en el cruce de los caminos de marcha eran muy escasas y sin embargo se dio; con tal sorpresa que durante mucho tiempo ambos bandos creyeron que habían sido emboscados por el oponente.

La Compañía de Monte” estaba al mando de Hugo Irurzún, nombre de guerra “Capitán Santiago”.

En el Combate murieron dos guerrilleros, Vicente Pascual Lasser y Héctor Enrique Toledo. Ambos figuran en el Parque de la Memoria como Desaparecidos. La Familia de Toledo (DNI 12.318.348) cobró una Indemnización de 209.329,80 (dólares) año 20 enero 2009 según la Ley24,411. Expediente Nro: 130094/01.

Al día siguiente el Equipo de Combate volvió al monte donde permanecería hasta el mes de julio de 1980. La Fuerza de Tarea Chañi cambió de nombre y pasó a llamarse “CAPITÁN CÁCERES”.
El Combate Río Pueblo Viejo fue el “bautismo de fuego” que tuvo el Ejército Argentino después de muchos años de paz.

Cáceres no murió de casualidad o porque tuvo mala suerte. Cáceres murió porque fue a desafiar al peligro. No fue el desafío de los arrogantes sino de alguien que creía que ese desafío era inevitable de acuerdo a la misión impuesta y a los valores que había que defender.

El combate de Pueblo Viejo tuvo un auténtico héroe: el Capitán Cáceres. La Nación Argentina podría haberlo mostrado como ejemplo para la ciudadanía en general y para la juventud en particular, pero no lo ha hecho. Es cierto que no es el único héroe del pasado y del presente, pero tampoco abundan como para ignorar su existencia. El acto heroico de Cáceres no solo no ha sido mostrado, sino que también ha quedado confundido con otros actos que no superan lo meramente meritorio o peor aún, reemplazado por conductas deleznables de una nueva y dudosa moral. La entrega de la vida por el otro, no es un hecho usual. Es un hecho extraordinario que no puede concluir con la entrega de una medalla a los deudos. Merece otra consideración que debe extenderse en el tiempo y que sirve a la formación de las futuras generaciones de una nación. Así lo han entendido todos los Estados que han querido progresar en el mundo, y lo han ignorado los que han comenzado a transitar el camino de la decadencia

Cáceres tenía 28 años. Estaba casado con la que desde los 16 era su novia. Todos los días, desde Tucumán, le escribía a su esposa. Tenía dos hijos, uno de 3 años y otro de 7 meses.

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